Paja playa

Lorena está tumbada bocarriba sobre la hamaca, bajo una sombrilla de paja playa a una hora en la que el sol quema. Me gusta tanto Lorena: acariciarle sus muslos carnosos, besarle el abdomen plano y fuerte, chuparle los pechos tan redondos y suaves cuando estamos en casa, en la penumbra fresca de nuestro dormitorio. Se nos resisten los hijos, aunque no desistimos, seguimos intentándolo. Lorena me está mirando. Yo estoy cerca: me he sentado en la arena, en la orilla, para recibir algún golpe de mar que otro. “¡Germán!”. Me ha llamado. “Dime, Lorena”, le he contestado. Al parecer, tiene antojo de helado. Pero no, no está embarazada. Tendré que salir al paseo marítimo, qué remedio. Me he acercado a un quiosco de helados y he pedido polos, de naranja y de limón. Me he dado la vuelta para regresar junto a Lorena. Por el camino, me he ido fijando en las mujeres. Sí, algunas estaban ricas, aunque como mi Lorena… ¡ni hablar!. Regresamos a nuestra casa antes de la la hora del almuerzo. Nos duchamos para quitarnos el salitre, por separado, que luego ya habrá tiempo, y preparamos unos espaguetis con yogur y una ensalada con mucho maíz. Después la siesta. “Oh, Germán”, ha susurrado Lorena en mi oído, lo cual me ha despertado. “Dime, dime, Lorena”, le he dicho a media voz, con los ojos aún cerrados. “Tu pajarito, qué le pasa, está acurrucado”. Hemos hecho el amor. Lorena se ha levantado desnuda de la cama, se ha puesto las chancletas de andar por casa y he estado oyendo lujuriosamente las palmadas de las gomas con las plantas. “Ay, qué mujer”, he pensado dichoso. Lorena ha vuelto, lleva puesto un vestido corto de verano de color blanco con tirantes, me ha asegurado que estaba embarazada y me ha dicho de ir a urgencias a que la miren. “Lorena, ¿ahora?”. Ahora. Esta noche no he podido dormir. He estado pensando mucho. El viento terral también ha influido, pues me ha hecho sudar mucho. Por la mañana, hemos vuelto a la playa. Y he mirado a Lorena semidesnuda sobre la toalla, apoyando mis codos en la arena. Ella no se da cuenta: lleva gafas de sol, y quizá tenga los ojos cerrados. “Somos tres”, me digo.

Acerca de Salvador Cortés

Escritura digital sin ton ni son
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